Sábado trémulo

Cuando terminó la fiesta en casa de Laura, los que quedamos buscamos un lugar en la sala para repasar los sucesos de esa noche de invierno. Bajamos el volumen de la música, destapamos las últimas botellas, reimos del tipo que rodó en las escaleras después de intentar patear a un gato. No era la primera vez que los viajeros se quedaban hasta tarde, aquello se había convertido en una especie de hostal.

Me acerqué con Andy, una chica que conocí un par de semanas atrás, se protegía del frío con la cobija que había robado del dormitorio de la dueña de casa. Hablamos de política y de religión, yo pensaba solo en robarle un beso, ella cediendo al sueño hacía su mejor esfuerzo para no caer víctima de Morfeo. El suelo era una alfombra humana. Un laberinto minado en el que había de estar seguro donde poner el pie al atravesarlo. Susurraba, cada vez más cerca de su oído, el trance perdía sentido con los ronquidos que sacudían con fuerza el intento de seducción. Cansada se recostó en el futón donde sentados le robamos tiempo al tiempo. Me invitó a acompañarla, y como buen caballero la seguí debajo de la cobija cuidando no acercarme demasiado. Me conozco que al primer contacto suelo reaccionar con la bandera en alto. Cuando estuvimos cara a cara, me acerque a su boca, nos fundimos en un beso suave. No era nuestro primer mimo, Andy había intentado besarme con éxito un día de esos que la adrenalina hierve la sangre. Y ahí estábamos, al pendiente de cualquier sonido que nos pusiera en evidencia. En una maniobra peligrosa desabroche el cierre de mi pantalón, tome su mano virgen, y la lleve ahí, donde inicia la batalla por la supervivencia, con el pene expuesto, la conduje por las calles de la pequeña Francia. Aprendió rápido, no se detuvo a preguntar mientras sacudía con maestría mis ganas de hacer llover fuego. Apretaba los dientes para no hacer ruido, sentía su respiración agitada, su aliento se fundía con el mio. Míseros dos milímetros de tela me separaban de encontrar mar adentro, bajo sus bragas, la gloria, mientras a mis espaldas, a medio metro yacían cuerpos inertes, que podrían resucitar al mínimo gemido.

Tan cerca del final, detuve su meneo, no podía permitir un accidente salpicando la cubierta que nos habían prestado. Tuve un respiro, le pedí que apartara sus manos de mi, pero era demasiado tarde, aceleró en cuarto de milla, en segundos llegué a la meta, contuve los espasmos, mi boca era una puerta abierta en total silencio. Me miraba con sus ojos y una sonrisa traviesa. Guarde el equipo con precaución, estaba cubierto de semen.

Salí de entre la cobija, caminé con precaución por el campo minado, cuando alce la mirada, en el fondo, una sombra con un par de navajas en lo que parecia un rostro me descubrío con una sonora segudilla de aplausos.

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