Pan dulce

Entramos a la ciudad de Tecate a la medianoche por la carretera nacional #2 escuchando un tango de Javier Calamaro con volumen bajo. Es raro ver a lo lejos el letrero luminoso de bienvenidos apagado, hasta un poco descuidado. No presto atención a tan insignificante suceso, he manejado seis horas sin parar después de unas merecidas vacaciones en Puerto, donde la playa y los mariscos nos dejaron a todos extasiados. La rumorosa con sus 1300 metros sobre el nivel del mar fue gentil aun cuando algunas conversaciones sobre leyendas urbanas nos provocaron un poco de miedo al manejar entre sus innumerables curvas peligrosas, no por nada esta considerada entre la carreteras con mayor número de accidentes.

Creo percibir el aroma de un rica dona escarchada con chocolate sumergida en leche fría, o una empanada de crema espolvoreada con azúcar, se me hace agua la boca. Tristemente es solo un reflejo, un recuerdo que mi mente recrea, juega un poco con mis sentidos porque la ciudad parece un pueblo olvidado. La calle principal está desolada, no hay carros ni bicicletas en las banquetas, las luces a lo lejos es lo único vivo. En una cinta amarilla en la puerta del vidrio roto de la panadería se lee clausurado. Frunzo el ceño. Estoy perplejo. Voy al frente de la caravana, no logro ver que pasa en el carro que viene detrás, las luces y la brisa me ciega, conmigo todos duermen. Ya no parece buena idea buscar algún lugar para comer pan como lo habíamos planeado antes de emprender el viaje de regreso.

Un olor a podrido penetra las ventanas cerradas, el semáforo parpadea en rojo, me detengo, las lámparas encendidas parecen sentenciar algún conjuro malévolo, todo al paso parece viejo, sin sentido. Miro alrededor detenidamente esperando que algo pase, algo siniestro. El viento golpea con fuerza el parabrisas, intento esquivar con la mirada las hojas que arrastra en remolinos para sorprenderme con dos niños que juegan en el kiosko del parque sin inmutarse por el polvo que cae en sus cabezas, sobre sus sombreros de mimbre y sus trajes elegantes. Mis compañeros despiertan en silencio, observando detrás del asiento, boquiabiertos, con los ojos casi fuera de órbita. Creen seguir en el mismo sueño, convertido en pesadilla.

En el cielo una nube solitaria huye deprisa, es una noche sin luna ni estrellas. Revisamos con la vista en cada local del lado derecho alguna pista que nos aclare la apocalíptica visión en la que nos encontramos. A lo lejos se ve el que antes era un puesto de revistas. Sería ideal buscar algún periódico para leer la fecha, pensamos mientras nos miramos para saber quien es el valiente que se atreva. Del lado izquierdo en el parque los columpios se mueven con el aire, es tétrico, intentamos respirar lo mínimo. Los dos niños se han ido, pero dejaron sus sombras en la pared. Un grito me ensordece, mi amiga se ha desmayado. Mientras dos la auxilian un golpe en la ventana me vuelve a la irreal escena, es la hoja de un periódico con fecha de apenas dos semanas atrás, y como llego se va, perdiéndose en la oscuridad. La duda me carcome, no se si llorar o respirar, comentarlo seguramente generaría más caos y no se si esten dispuestos a soportarlo, y es que apenas cuatro días atrás pasamos por el mismo lugar.

Intento acelerar, pero las llantas se adhieren al pavimento, hay una especie de pausa en el tiempo, con movimientos en cámara lenta, y el silencio, un silencio desgarrador, esperando el momento en que alguien venga a ponerle fin a este cuento de terror, alguien que nos despierte de este sueño abrumador.

Las caras se desfiguran, intentamos bajar los vidrios, incluso gritar. Orar es el último remedio para un grupo de ateístas excomulgados. Me esfuerzo por ver algo entre la confusión, las luces se alargan, las alas de un cuervo revolotean, unos ojos de búho se asoman entre los árboles que no se mueven con el viento rompiendo con el silencio, una par de brujas en pleno vuelo con sus risas congelan el tiempo. Dos niños juegan en el kiosko, sus siluetas ya no están en la pared, pero tienen las ropas gastadas. Uno de ellos se vuelve a mi, sonrie. Con una sonrisa diabólica me indica con el índice de su mano sucia algo que no veo delante de mi, y es que la calle termina y yo me dirijo hacia donde alguna vez fue el banco HSBC que eludo a toda velocidad por centímetros del ventanal en perfecto estado.

Contengo la respiración, el corazón me da un salto, late deprisa, las manos temblorosas se aferran al volante, el claxon de un autobús me hace volver a mi carril, las miradas de los transeúntes no dan crédito a mi pericia de conductor. Bajo la ventana, y puedo respirar la pureza de la noche fresca, mis ojos húmedos divisan a lo lejos el letrero gracias por su visita, vuelva pronto. Intento mirar al retrovisor, pero no me atrevo, cuando al fin logro hacerlo, el asiento trasero está vacío. Y más allá en la ciudad el letrero luminoso de bienvenidos en la panadería está prendido, y los focos rojos de los carros en sentido contrario cobran vida. Hay un payaso en la esquina y no muy atrás la banda toca a una multitud de jóvenes que bailan con máscaras. Quizás es un carnaval al que no estoy invitado.

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