Morir o matar

Hablando de mártires y asesinos, de prostitutas y magnates, de placer y fe, de huidas y guillotinas, recordé que en esta vida la única opción es matar. Defendiendo lo indefendible, escudándose en terceros, protegiéndose en trincheras, huyendo de los calabozos, dejando atrás a los compañeros que te pueden retrasar, para no caer preso, tirando la piedra y salir ileso.

Así lo dice Nacho Vegas, en esta excelsa canción: Morir o Matar.

Te sentaste justo al borde del sofá como si algo allí te fuera a morder. Dijiste: “Hay cosas que tenemos que aprender, yo a mentir y tú a decirme la verdad, yo a ser fuerte y tú a mostrar debilidad, tú a morir y yo a matar.” Y después se hizo el silencio y el silencio fue a parar a una especie de pesada y repartida soledad, y la soledad dio paso a un terror que hacia el final nos mostró un mundo del que ninguno quisimos hablar. Y así eran nuestras noches y así era nuestro amor, comenzaba en el silencio, continuaba en el terror, y otra vez de allí al silencio. Dime, ¿para qué hablar de lo que pudo haber sido y de lo que jamás será, tratando de adivinar qué fue eso que hicimos tan mal?, si, en fin, se trata de morir o de matar. Así que, si aún andas por aquí, y alguien vuelve a prometerte amor, con dinero, encanto y alguna canción, por favor, prepárate para huir. Vete lejos y limítate a observar esta escena tan vulgar. Conoció a unas cien mujeres y a cincuenta enamoró, conoció a otros tantos hombres y con tantos se acostó, y fundió todo el dinero y la gente se cansó de escuchar noche tras noche la misma triste canción. Y ahora ve que el universo es un lugar vacío y cruel, cuando no hay nada mayor que su necesidad en él. Y encendiendo un cigarillo se comienza a torturar y habrá cerca alguien gritándole “hágase tu voluntad” y el “la culpa sólo en parte es mía y en parte lo es de los demás”. De lo que se trata es de morir o de matar, de morir o matar. Fue aquella gitana que nos leyó el porvenir, dijo “uno es el asesino y el otro el que va a morir”. Y salimos de allí y me miraste asustada y el miedo sonó en tu voz: “antes de que tú me mates, prefiero matarme yo”. Y emprendiste así tu huida y yo corrí a mi habitación y mezclé en una cuchara el polvo blanco y el marrón. Y con la sangre aún resbalando te llamé desde ese hotel: “Por favor, entiende que algo no funciona en mí muy bien”. Y al otro lado te oí llorar y yo seguí y no colgué, y me suplicaste: “Déjame de una vez, déjame de una vez”. Y tus párpados cayendo se me antojan guillotinas, y te observaré durmiendo y me pondré a susurrar: “nuestras almas no conocen el reposo vida mía, pero si hay algo que es cierto es que te quiero un mundo entero con su belleza y su fealdad. ¿Por qué no puedes aceptar que esto no se trata más que, amor mío, de morir o de matar, de morir o matar?” Moriré, moriré, moriré … moriré, moriré y es lo único que sé. Moriré, moriré … moriré y cuando lo haga al fin ya nada va a impedirme descansar y así obtendré la santa paz que en vida no gocé jamás, pues hasta morir la única opción siempre es matar, siempre matar.

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