Monologo de Carlota a Maximiliano

Despierta, bocarriba, desnuda, sin sábanas que me cubran, con los ojos abiertos que miran a lo que no sé si es  la cúpula de un templo o es el cielo, a mí no me ha cubierto el polvo. Desnuda y con frío, con un frío que me llega a los huesos y que no se me ha quitado en sesenta años, estoy cansada de esperar que vengas tú y me cubras con tus lágrimas de la tristeza que te va a dar verme tan vieja, de pensar que  si  antes me  llevabas diez años de  edad, ahora yo  te llevo medio siglo. Estoy  cansada de esperar que vengas a  cubrirme  con  tus besos,  sediento de mi  carne,  y asombrado de ver que soy de nuevo una niña, la niña del Palacio de Laeken que en las noches abría las ventanas para que el verano hiciera el  amor con ella. Una noche me quedé dormida sin quererlo y me desperté hasta ahora, imagínate, con un cosquilleo en  toda la piel: había convocado a las moscas, y las moscas habían acudido a mi llamado. Era yo un hervidero de moscas de caparazón azul y violáceo, tornasolado, pero no podía espantarlas porque estaba paralizada. Ni siquiera podía cerrar los párpados a pesar de que las moscas caminaban por el borde de los ojos y por  los orificios de  la nariz y  se paseaban,  las  inmundas, por la piel de mis labios y la miel de mi sexo. ¿Te acuerdas, Maximiliano, de los escorpiones y los ciempiés, las lombrices y las polillas que cubrían la escultura de una mujer en el Palacio de Palagonia camino a Mesina? Así estoy yo cubierta, ahora, de gusanos: antes de irse las moscas llenaron mi piel con sus huevecillos,  y de  los huevecillos, entre  mis piernas y en la boca, en mi vientre, en el ombligo, en mi  frente y entre  los dedos de  los pies,  en mis axilas y en la palma de mis manos, en mis ojos, nacieron los gusanos. Alguna vez soñé que si así, despierta o dormida, daba lo mismo, pero bocarriba y desnuda y  con  las piernas abiertas estuviera yo tendida de noche en los Jardines Borda y me penetrara una nube de luciérnagas, me iba yo a preñar de luz y en mi vientre, como en la bóveda celeste, las luciérnagas dibujarían las constelaciones. Soñé que si así, bocarriba y desnuda y con las piernas abiertas flotara yo río abajo por  las aguas de  ese río que era, como dijo el poeta, te acuerdas, Maximiliano, tortuoso como el Sena, límpido y verde como el Somme, misterioso como el Nilo, histórico como el Tíber, majestuoso  como el Danubio, el  río en cuyas aguas sombreadas por las siete montañas contemplé mi rostro y vi que al fin era un rostro de mujer, de mujer por primera vez acariciada y penetrada, besada, de piel ardida por  la  saliva de un hombre, por su  sudor, por tus besos, Maximiliano, soñé, te decía, que si dormida o despierta, daba  lo mismo, o muerta, como Ofelia, enredadas en mis dedos las flores de azahar de mi diadema de bodas, y en mis cabellos entre verados  los rayos de la luna, soñé que si así me penetrara un salmón incendiado de púrpura para dejar sus huevecillos en mi vientre, me iba yo a preñar de miles de hijos que cuando  llegara yo al mar iban a salir de entre mis piernas, como un manantial de cuchillos plateados que iban a ahogar su sed en los torbellinos de la sal. Pero los sueños son sólo eso, sueños. Hoy no estoy vestida con un manto de estrellas, y ni siquiera con el polvo de los llanos de Tlaxcala o la arena blanca de las dunas de Antón Lizardo. No estoy con la nieve del pecho del  Iztaccíhuatl. No me han cubierto, tampoco, las hojas secas y doradas del Bosque de Soignies, ni con sus alas las golondrinas de la Hacienda de la Teja. Son los gusanos los que me cubren y me visten y con su telaraña de hilos de seda los que han tejido mi velo nupcial, los gusanos los que se meten en mi boca y en la nariz, en mis oídos y en  los ojos. Los gusanos, que como orugas untadas con babas  tibias  en  su camino  a mi vientre devoran  la pulpa dulcísima de mi vulva, y  se duermen después  en  sus  capullos para soñar, como yo soñé algún día, que tienen alas. Dentro  de unos meses o dentro de unos  años, o quizá mañana, hoy, Maximiliano, voy a dar a luz un enjambre de mariposas negras.

Fernando del Paso

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