La despedida

Sentí mi cara arder, era el sol de mediodía que me golpeaba los ojos con marro y cincel. ¿Qué paso ayer? Una vieja película de acción frente a mi apareció. Luces, féminas y alcohol. Una fábula en la ciudad del amor.

La mancha en mi pantalón no era producto de las caricias de las mujeres que bailan en ropa interior. El sabor de mi boca si era la amargura de olvidar quien soy, quien fui. ¿Dónde estoy? Las paredes de mi recamara no cuentan los momentos de tensión entre mi estómago y la razón. Mi mano herida si, cuando menos la espina clavada me advierte el camino que transité.

Lo que pueda cambiar lo que hice para que la memoria vuelva es poco, la duda en su rutinaria destrucción se encarga del resto. En el espejo un fantasma reprochó mis intenciones, me recuerda las flores derretidas en el pavimento, las luces que se escondieron con la bruma ya no se incendian con un guiño, lo que era un eterno resplandor se consume en un avance del reloj.

Un adiós, es una despedida. ¿Un sueño abrumador? Tuve que pasar por la hoguera, un descuido fue el disparo en la cabeza, y ahora arde el presente, con los labios secos por falta de besos, la piel con resaca, y un dejo áspero en la mirada.

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