Insomnio y traición

Esta noche no dormí, me invadió un dejo de tristeza, la última vez que mi cama estuvo vacía, no salió el sol, y la luna no se asomaba a mi ventana:

Sabía que los negocios eran parte de su vida, y cada lunes después de quincena, un barco la esperaba para tramites casuales en alguna cofradía, uno que otro cheque posfechado, y dos sonrisas fingidas. “Todo sea por la familia”, mentía.

Aprendí que el destino es amigo de la melancolía, fue tan efímera la traición que apenas amaneció, se había evaporado el alcohol, las botellas bailaban vacías, los paquetes de pastillas tapizando el piso como buffet para el dolor, restos de fuegos pirotécnicos como arena en el vasto mar de indecisiones sobre la mesa.

Rendido, dibuje su hermosa cara con las cenizas de las cartas de amor donde me juraba eterna compañía. Los garabatos en mi piel se teñían de un rojizo espesor, la navaja sonreía, no había mejor ocasión para seducir la tristeza con un poco de filo e inconsciencia. La bruma de mis ojos no se detenía a contemplar como avanzan las manecillas del reloj. Todo era etéreo alrededor, contaminado, sombrío.

Quise tararear aquella melodía que el DJ tocaba cuando la vi por primera vez, con ese sugerente vestido negro y esa mirada que hipnotizaba, truncando la suerte de la fatalidad que acompañaba a mis pies. Me perdía entre copla y letra como quien se aventura en el Sahara sin agua y sin fe. La poca voz que me quedaba la use para maldecir el arte en oleo que una noche de aniversario le obsequie.

Los harapos se confundían con las sombras danzando en mi cabeza, con el hedor de comida que nunca fue ingerida, y donde ahora los gusanos y las moscas dan fiestas en mi honor, como el gran rey de las causas perdidas.

Un arranque de rencor se reflejo en mis puños, yo no era un boxeador acreditado, pero gane con KO en el primer round. Tenía los nudillos ensangrentados y un dedo quebrado. Los vidrios en el baño y en la escalera, en cada paso recordaban mi miseria.

No pude evitar una sonrisa en el espejo donde su silueta cada sábado se acomodaba perfectamente a su pantalón entallado, donde su blusa hacía gala de pasarela de modas en Francia, donde sonreía después de detenerse en su belleza. Una lagrima apenas rodaba por mi mejilla haciendo un surco entre el carbón y el polvo del humo enmohecido. Mi reflejo era lo mismo que fijar la mirada al sol, o sumergir la nariz en los aromas de una cloaca en verano.

De rodillas llegaba a puntos muertos, la luz no hacía más que cegar tanta ironía en el librero. Retratos en silencio, recuerdos de ciudades y de sueños, libros leídos y olvidados, juguetes de cuando éramos unos niños, consumidos por un lento fuego del cigarrillo que olvidé apagar en mi mano, junto a mi anillo de matrimonio, y la prueba de embarazo que tanto esperamos, escrito con mayúsculas: positivo.

Busque la salvación en el viejo ropero, en el equipo de caza cuando presumía de ser aventurero. Cansado después de tanto ir de aquí para allá encontré en el sillón un momento de paz entre tanto ruido. Escuché a lo lejos un ruido seco, amartillar la escopeta entre los dientes nunca fue lo que la vida me enseño. Era tan frio el metal que mi lengua se congelaba, no pude gritar por ayuda o por perdón. Las ideas se extinguieron, no pude pensar, con la mirilla entre los ojos sugiriendo no dudar, para olvidar. Con la pared manchada de sangre, gotas de sudor y desesperación, acabé de tajo la presunción.

La traición que la televisión mostró, en los noticieros de hoy, será la nota roja de los periódicos en la mañana. Tomaré dos pastillas para dormir, el café no es bueno en la madrugada, ella no tarda en llegar, la espero en la cama.

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