Humo rojo

Ayer me paré frente a una desconocida. Cantaba y bailaba como llevada por el viento. Le daba de comer a su gato, le acariciaba la espalda, le hablaba de cariños y besos. No me pude detener en su mirada por miedo a caer preso de su rabia.

Cuando se acercó, primero una bofetada, después me acuchilló el corazón, y luego vino el vacío, el silencio recorriendo mis venas. Cuando me di cuenta estaba en el piso con un diente a dos metros y la mitad de la cara cubierta de rojo, sentí algo salirse de mi cuerpo. Con su risa a carcajadas presumía sus largos colmillos, la ciudad la convirtió en vampiro para exprimir el alma.

Se largo con el caballero de buenas manos que cura la espalda, el maestro del cigarro que cuenta las mejores historias del barrio. No importó el Jack reciclado, ellos brindaron con un red label, fumaron un poco de la pipa, un poco del cenicero, juntaron sus labios y sus cuerpos, se perdieron en el deseo, en la bruma y en el humo, mientras la noche se despedía y el día daba los buenos días.

Me he visto en el sofá tratando de recapitular mientras mi hijo me pregunta si el destino de su mamá será el infierno cuando muera, pero ya no quedan lágrimas para responder. Todos somos malos de alguna manera, respondí. El infierno también tiene buenas personas.

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