Era la hora de correr.

La platica amena,
se alargaron las horas,
las copas desplomaron el pudor,
le roce un par de veces
por debajo del mantel
y ella como una hermosa chiquilla
se dejo sorprender,
estreche su mano
y como pecado
lo quisimos esconder.

Mientras los músicos tocaban
le dedique un par de canciones
y su mirada me dio
la idea de un nuevo amanecer
a la orilla de la chimenea
se bien lo que esperare.

Un trago mas pedían
mientras las luces se ponían
poco a poco las despedidas
y ella no se movía
acercándome un poco
rose su cara con mis labios
y en su sorpresa
del carmín de su boca probé.

Las arpías en un instante callaron,
los meseros la cuenta nos mandaron
y una sonrisa de nuestros labios
fue acentuando el placer.
Tomamos nuestras cosas,
era la hora de correr.

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