El umbral del olvido.

Cuando nos cortaron las alas no fue suficiente salir a la calle y correr desnudos bajo la lluvia, o chapotear en los charcos de lodo y aceite, necesitaba volar, con el aire rompiéndose en dos en la cara, con manchas de jazmín y olivo en las mejillas, y el frío ante la posibilidad de ser descubiertos por los regentes de un país sin glorias.

Los recuerdos de libertad son lo único que quedó después que el fuego se tragó las películas que antes nos hacían reír sin parar, no tuvo piedad, ahora son cenizas que se esparcirán al abrir la puerta. En los rincones sellaran su olvido, la humedad los consumirá asesinados a sangre fría por el moho y la polilla. Olvidaremos con el tiempo de que color era la habitación donde jugábamos al ajedrez, aunque llegue puntual a la puesta de sol, y vea las palomas ir tras el horizonte. Se perderán las cartas con el mensajero que murió de amor en el malecón de una playa olvidada entre sus piernas.

Maldita sea la risa que te di, dejó mis bolsillos vacíos, y una pena constante que llora colgada de un madero. La sed que tengo no es de tus besos, es de tu piel de polvo lunar que provoca un crujir de madera en mi boca. No toqué a la puerta al menos que tu boca fuera la miel que bajaba de tu entrepierna, y así con las alas extendidas supe volar, como un explorador encontré la verdadera libertad.

El reloj no detendrá su marcha, quebrara los huesos de quien se interponga así corra sangre nueva en sus venas. No hay perdón para los que buscan la tierra como hogar, serán arrastrados al umbral de un infierno al que dios no tiene acceso.

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