El ciempiés rumbo a tierra amarga

Viene el ciempiés cuando todos duermen, a buscar en el jardín el rocío de las flores y algo que sirva de combustible para un buen final en Tierra Amarga. Lleva entre sus vagones cenizas de personajes ilustres, de bandidos, de miserables, de alguien que reía sin parar y sin saber porqué. El fogonero con la hoz en la mano busca nombres en un viejo directorio, echando suertes, predestinando.

Acelera para no llegar retrasado, corre como si fuera azotado por una fuerza sobrenatural. En sus ojos lleva un cartel SE BUSCA, una foto con tu rostro, y un boleto de abordaje con tu nombre. Nadie quiere ver, tenemos miedo a enloquecer -repite la oruga, lo mismo que una hormiga moribunda. En la próxima estación quizás tenga más suerte, pensó el ciempiés y le siguió una carcajada que estremeció hasta los huesos.

Entrada la noche el destino fue cruel con la mariposa. Sus alas cansadas de agitarse fueron alcanzadas por una lluvia tempestuosa, no pudo librar las balas que caían del cielo para llegar a la flor que le diera alimento y protección. Su nombre estaba escrito, el último resguardo físico estaba asegurado, – Vámonos de prisa, antes de que empiece a amanecer, se escucho una voz con miedo en el último vagón.

Desperté camino a Tierra Amarga, embalsamado. Como pude me libre de las cadenas, tome una pluma y en la pared escribí: Abuelas no es el momento de verlas todavía, y escape por una ventana.

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