Desesperanza

En la frontera de la cordura y la perdición, pasa otro día hundido en el sofá, con una mano que juega con los botones del control de la televisión, y la otra sosteniendo el celular, esperando un mensaje o una llamada que lo saque de ese sitio al que la mayoría de las veces llama hogar.

No hay cortinas que detengan el sol, se siente desnudo, observado por alguien al que no le importa si naufraga con las voces en su cabeza. Esta solo. Totalmente solo. Las cicatrices en la pared son engaños de Dios.

Las manchas en el sofá, el polvo en los libreros, las flores marchitas en la mesa de centro. Vestigios de una vida que se terminó. Podría desaparecer en el aire, quién lo habría de notar.

La música es un bálsamo para las almas que dejaron de soñar. Es mejor no estar atado a nadie, se confiesa antes de disparar: la calle puede llevar a tantos lugares. Quizás solo sea el inicio de un naufragio. Esta vez sin testigos.

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