Con perdón

Tengo en el cajón de mi recamara dormidas como diez mil palabras en papel, encerradas en sobres sin dirección, adornadas con un dulce nombre de mujer en manuscrito. Son cartas que decidí guardar para no quemar, que nunca envié y aun no se porqué.

Me hice adicto a coleccionar instantes, desperdiciar orgasmos, crear intensos escenarios de pasión desbordados donde hacia el papel de antagonista; prefiero hacerla de villano que ir por la vida seduciendo con palabras bañadas en miel, es mejor dejar las espinas a la vista, para que en la primera mordida renazca el amor y se enchine la piel.

Vírgenes eternas, hijas de mamá, generosas musas que el tiempo se encarga de aniquilar. Mártires sin tregua, manantiales de hiel, damas de mesa que la tinta se afana en recordar. Todas ellas que ahora no las puedo presumir porque todas encontraron un mejor lugar para soñar.

Mónica se fue a Arizona, cargando una mejilla entumida y un ojo amoratado, sueños aniquilados por un imbécil que no supo escuchar su risa y sus gemidos. Esa risa contagiosa producto de mi irreverente doble sentido, esos gemidos que arrancaban en cuarto de milla, como una diosa estremeciendo los mismos cimientos de la tierra. Lleva en su vientre la semilla de su más bello proyecto, buscando nuevos retos para reír de nuevo.

Andréa solo dejó rumores inciertos, no supe si se caso, con un novio o con los dos. La invite a comer y me dijo que no, que esperaba a su príncipe azul en un monasterio. Cuando busco perdón, encontró una Tijuana en el olvido, y un viejo poema llevado por el viento, entre los matorrales del desierto.

Adriana descansa en Nayarit, en una hamaca buscando la cura para su loquera entre frutas y jazmín. Sus detalles siempre dejaron huella, como sus ocurrencias que terminaban en una fiesta hasta la madrugada. Nunca estaba en casa, es una trotamundos por naturaleza. Sabe del arte de robar besos más que cualquiera.

Nini no tiene rostro, la imagino blanca con su boca pequeña besando el sillón, recibiendo mis ganas de olvidar con mis dedos aprisionando su cadera. Cambio su nombre un par de veces, más los que olvidé.

Sugey voló a Culiacan, no hay nada ni nadie que la detenga. Se llevo parte de sus letras, sus caprichos y sus mentiras poéticas. Me dejo una pared de mi cabeza infestada de notas con tinta indeleble, fue mi mejor musa, y mi maldición. Si la veo nuevamente sera una perfecta extraña, pero con el mismo poder de encandilarme con su piel.

Erika, mediática. Vive en el mejor hotel de Las Vegas. Se refugia en su templo de dioses sin sentido del humor. No olvidé agradecerle mi resurrección, porque cuando me vi en un laberinto, su perfume fue la guía perfecta para volver a ser yo: omnipresente. Nunca pude conocer el sabor de sus labios, con los que aun sueño arrancar de una mordida su sabor.

Olga y Helena, se fueron a algún lugar en California buscando libertad. Sus labios son un tercio perfecto para amanecer enredados entre sábanas y piernas.

Meli, la llego a encontrar de cuando en cuando en algún bar, y desde lejos intercambiamos besos y algo más.

Juana vive lejos, por donde se mete el sol, busca jovencitos para hacerles el amor, como caí yo, seducido por sus encantos de medusa, y las dualidades de afrodita. Me rendí al toque de sus manos bajo mi pantalón.

Gabriela se graduó en masturbación, con un diploma de 1er lugar para su boca y su forma de tocar el acordeón con lengua y con pasión.

Itzel, en Ensenada cada fin de semana, una perfecta snob, que va con la vida conociendo el mundo y su confusión, haciendo de sustancias prohibidas su bendición.

Marcela es un fantasma con ansias de amor, jugando a ser la misma niña que con su cadera me hizo aprender nuevas técnicas de seducción. Siempre encontró el mejor lugar para hacer explotar las ganas de pubertad en sus manos, o desde su espalda.

Rosalía descargó su ira en mi cabeza, le falle una vez, la ame más que cualquiera. No se llevo mis sueños pero me arranco varios suspiros, con su suave caminar, con ese particular movimiento como en zigzag. Me cambio felices años por la inspiración.

María, mi primer amor. Tiene su templo aparte (con perdón), y su descendencia que amo de corazón.

Cecilia, es mi salvación. Dando vueltas entre sábanas cada noche del mejor día que es hoy. Nos besamos, nos confesamos, hacemos el amor, con sexo. Y sexo sin amor. Me hace desayuno y le hago cosquillas con mi poesía, con mis cuentos y mis mentiras. Me tiene loco de pasión. Sueño con ella cada día olvidando quien soy, y la fortuna siempre es mía cuando la encuentro desnuda en mi cama cubierta de rosas y espinas y su nombre que brilla como sol.

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