Róbame los labios

Róbame los labios,
por que es la única manera de confesarte
este amor limosnero que mendiga por tus besos
que acaricia en el imaginario tus espasmos,
que te recorre de prisa
solo por no inmortalizar este vicio de padecer por ti.

Desatiende el arrebato que me lleva a la búsqueda de tus manos
cúbreme el coraje con tu piel
el coraje de no permanecer en la ausencia
que no has de desear extrañar,
por que esta indecencia puede quererte mientras tu me quieras
por que puedo enamorarme cada que se dibuje en mi sombra tu silueta.

Casualidad que tus latidos atrajeran mi destino
que tu mirada se tropezara con las súplicas de congelar la soledad
derretir el insomnio
acelerar el instante en el que te vas con tal de no verlo actuar,
podría pedirle a la luna que nos cuide por igual
y hacer que la noche se dilate unas horas mas.

Que ingrato se vuelve el ver pasar la madrugada
sin venderte el drama que causa mi alma
buscando el pretexto perfecto para encerrarme en tu indiferencia,
es tragedia mi amor! -El extender el sentimiento que no nos corresponde,
pero déjame decir hoy que cambiaría mi moneda de atrevimiento
por ver caer tus labios sobre mi voz desierta de gemidos
y ver en tu reflejo una emoción adicional.

Y suspiro y desespero,
tu das vueltas por mi mente
la medida se me escapa en tus labios
pero róbame los míos
y que ejerza bondad el exceso
solo así sabré amarte en el desamor
sin planes perfectos que llamen a un futuro mejor.

Juro no prometer nada para que no reclames
si un día no tengo una buena excusa para partir,
no me digas “Te quiero” cuando la conmoción es ajena a nuestros pies,
pero piérdete conmigo en el deseo
y endúlzame el peligro para amenazarte después
con robarte el cariño y dejarte desnuda la altivez.

Y si la suerte nos gana,
regálame un cigarrillo y el beso de despedida,
un corto brindis por cualquier tontería,
y llévate de mi boca las –Gracias-
por unirte a la locura de mis días
y una petición a mi favor:
´Desvía la mirada
mientras yo maquillo de errores la esperanza´.

Aunque nunca fuiste mía, estuve cerca aquella vez.

Es que jamás volveré a besarte como aquella vez en tu sillón, buscando la canción, una poética demostración de amor para la noche que la luna nos guardaba en el lado oscuro donde se pierde la razón, en la sombra con requintos en tus costillas y pasos dobles en tu corazón. Mientras tú me seducías las ganas con sonrisas y exquisito farol, acurrucándote bajo mi par de alas de neón, sabiendo que en cada roce de tu piel mi sangre cosquilleaba un incontrolable frenesí. Cedí a la opresión de tus muslos en mi pantalón, mascullé el deseo de ir mas lejos donde los sueños están vetados, diciendo “si” a tu lírica pregunta, donde tu “no” era una bandera en la frontera de la tela de tu ropa interior. Cuando el viento fue un gemido en mi oído esperanzador, creí que ya estaba escrito mi nombre en el laberinto de tu piel, con un beso tatuado en cada pared, con la huella dactilar de las tintas de mis dedos impresas en el papel de pétalos que el aroma de la primavera me llevó a perseguir.

La luna fue aliada de las oscuras intenciones, tocó tu piel como mi mano fue entre tus lunares, y los rincones escondidos de una boca ansiosa de probar tu cenit de venus. La pesadilla se volvió un mero tramite, los desmayos el pretexto perfecto para quedarme a dormir a contemplar como se curva el universo en tus caderas, la poesía el bálsamo de nuestras incoherencias. Pasaron algunos días intentando construir una nueva vida entre delirios sobrios de besos, sueños de inconfesables cuentos y protagonistas semidesnudos en la mesa de billar. Las noches eran en vela esperando que salga el sol en mi ciudad, para el recuento y reconstrucción de hechos y te quieros que no se volverán a repetir.

Yo nunca miento al decirte que aun te espero, a veces sentado en mi diván, otra veces de cara a la luna con la música alta para que sepas llegar, otras veces solo me recuesto soñando que entras por la ventana que cada noche dejo abierta. Porque aun espero el alud de besos que nunca prometiste, el festival de miradas cómplices que cada fin de semana solías inyectar con veneno al corazón, ese toque fatal que parte en dos a la razón.

Cada que quieres vas y vuelves, sigo tu rastro pero sabes bien perderte. Solo las sobras de amor que recojo de las cenizas de aquel cuaderno en blanco que dejaste sin firma ni remitente en un cajón, logran arrancarme de lo cotidiano, por que se que aunque nunca fuiste mía, estuve cerca aquella vez.

Correspondencia a pie

Hace algunos años sentados en la banqueta, borrachos de luna abrimos unas cuantas cervezas y brindamos por que las musas fueran muchas, y los vacios pocos. Recordamos blandir el tolete como grandes sluggers a pesar de que el viento soplo en contra, como en aquella playa que no tenía edad para mentir, ni sueños a la deriva, ni misterios del porvenir. En la mesa el jaque mate y el full los tuviste tu, lo mío fue en la cancha con el regate al centro, asistencia y gol, la ocho en la buchaca sur fue el empate que compartimos con un buen ron.

Pactamos seguir caminos distintos, así fueran empedrados o llaneros, cubiertos de tierra o estiércol. Pero hubo un momento que pensaste que te adelantaba el paso, que las glorias las guardaba bajo el sombrero, que escribía con sombras un álbum nuevo, que el timón de tu barco lo tomaba por asalto con un parche en ojo y mano de acero. Ella, que marco en tu vida un antes, y sello un después, que desprecio al poeta que se lanzo al vacio, que acogió tu pétalo de sal y desprecio mi amistosa flor. Nunca fui capaz de burlar la barrera impuesta por los puños, porque nunca lo intente, mas sabes bien que años después quizás lo sugerí. Aun así, firmamos en el silencio que damas son una para cada cuento, y que cada estrella tiene su lugar en el firmamento.

Prometimos burlar la autoridad en busca de aventuras, y creo que cada quien a su modo y en su forma lo hizo. Debí escucharte la vez que firmé para apagar el fuego, aun sabiendo que mis manos estarían chamuscadas al final, ni tuve la gracia ni tuve el silencio, sino solo un ruido sordo que me llevo a un pozo profundo, de amargura, de dolor, y de malas cuentas. Fue entonces que nos perdimos de vista, pero no el rastro. Navegamos por aguas turbulentas y por grandes fracasos, perdimos guerras y ganamos ocasos, y es curioso saber que siempre navegamos fragatas distintas, y siempre naufragamos en islas diferentes, y siempre tuvimos el mismo destino.

El sello postal lo dejo para después, sabes que mi memoria prefiere buscar un destino nuevo cada vez que sale el sol; de noche la luna con sus gatas en celo acurrucan mi atrofiada poesía.