Las palabras mágicas

Aun sueño con ella. Quiero recuperarla. Confesaba Gustavo desahogando su tristeza. Su mujer lo dejó por un par de tipos que sabían de la energía que generan los cuerpos desnudos en la mesa. Eres un pendejo, afirmó Rosario con sus ojos fijos en su teléfono, habitual en sus últimos encuentros. Algo se fragmentó bajo sus costillas, envejeció algunos años en unos segundos, escondió sus palabras en el viejo baúl de los recuerdos, y se olvidó del tema. El no buscaba verdades, quería un poco de calor para su afligida alma. Sin embargo, esa noche estaba escrito que otra historia pronto terminaría. Supo entender la prisa cuando ella fingió ese viejo dolor de cabeza y se retiró de lo que pretendía ser una larga fiesta. No estaba dispuesta a seguir el tonto juego de apagar madera consumida en fuego. Se desplomaron las fichas protagonistas del efecto dominó, la cena quedó servida, y la casa volvió a quedar vacía. Los amigos habían desaparecido al tornarse en gris la música en el reproductor. El desamor no era materia en discusión. Ya no pactaron con palabras mágicas. El desastre continuó. Se echaron a fluir sin dirección. El quehacer de cada día los separó hasta que se dejaron de buscar.

Quizás algún día cambiará su suerte.


Desesperanza

En la frontera de la cordura y la perdición, pasa otro día hundido en el sofá, con una mano que juega con los botones del control de la televisión, y la otra sosteniendo el celular, esperando un mensaje o una llamada que lo saque de ese sitio al que la mayoría de las veces llama hogar.

No hay cortinas que detengan el sol, se siente desnudo, observado por alguien al que no le importa si naufraga con las voces en su cabeza. Esta solo. Totalmente solo. Las cicatrices en la pared son engaños de Dios.

Las manchas en el sofá, el polvo en los libreros, las flores marchitas en la mesa de centro. Vestigios de una vida que se terminó. Podría desaparecer en el aire, quién lo habría de notar.

La música es un bálsamo para las almas que dejaron de soñar. Es mejor no estar atado a nadie, se confiesa antes de disparar: la calle puede llevar a tantos lugares. Quizás solo sea el inicio de un naufragio. Esta vez sin testigos.

Un segundo o dos.

Y ella se sentó en la mesa de centro, en la sala de casa
Con sus remera y su uniforme de enfermera…
Se dibujó un triángulo perfecto desde el eje entre las comisuras de su pantalón.
Cada punto de costura como un poro de atento seductor.

Ese aroma en el aire que provoca un poema o una canción.
Apenas un segundo o dos que la mirada se desvió.
Revivió recuerdos, atormentó, despertó el deseo.
Un viaje sin detenernos en el tiempo.

Y se fue un día entero en un segundo o dos.
Un pacto entre la madera y tela y dios nuestro creador, el universo o la evolución.

#chicacosmica