Reflejo

Mala suerte en el juego, mala suerte en el amor. Intenté jugar, en el otro lado del sol otro rol y tampoco resultó. El amor es un precipicio, un escalón. Inicias siempre donde mismo, acabas peor. El juego es el placebo, es la dinamita para olvidar lo que pierdo. 

El tiempo no espera, y tengo que vivir. Tampoco fuí un modelo a seguir. Las prisas nunca fueron mi mejor compañia, y nunca aprendí a sonreir. Tuve que rascarme las heridas una y otra vez con lija, para olvidarme y volver a nacer. Resurgir, renacer. Reinventarse. Re, re, re. Las veces que hicieran falta. 

Yo solo quiero que me quieras como quiero yo. A la una, a las dos. A la hora del desayuno, en la cena, en el café, de puntitas y de pie. Quiero cargar la luz, la cruz en el espejo. Porque no me queda otra opción. Es mejor vivir mañana, el pasado ya me olvido. 

Encuentro en cada día, una nueva comunión. Si fumo estoy en otra dimensión. Si bebo, puedo tener sexo en donde tu quieras. Si suena Paez, o Calamaro, o Sabina, incluso Mecano, cualquier rock and roll, puedo perdonar por los malos tratos, los vicios, tus juicios, tu obsesión. Si me caigo, muero de risa, me quedo en el piso, mirando al cielo, sabiendo que nadie me escucha, que solo estoy yo, soy el universo. Soy el mismo Dios. 

Un humano pecador, la oveja negra de la familia. El que se salió del molde por buscar un mundo mejor, cuando el mundo se pudre por fuera. Puedo tener un adjetivo cualquiera, puedo ser quien sea necesario ser. El que apunta, la presa, el que ejecuta, el que guarda silencio.  

Nos es posible seguir caminos distintos, cuandos nos repetimos. Un gol, es todo lo que pido. Algo distinto. Puedo perder en el amor, si no lo juego. Tal vez, esta vez, vuelva a ser el ganador. No me importa si es cielo o infierno, en tanto tenga en una mano la hierba y en otra la cerveza. En tanto ella me vea, cuando vea sus nalgas. En tanto tenga un jardín de cactáceas en el patio de mi casa.

Las palabras mágicas

Aun sueño con ella. Quiero recuperarla. Confesaba Gustavo desahogando su tristeza. Su mujer lo dejó por un par de tipos que sabían de la energía que generan los cuerpos desnudos en la mesa. Eres un pendejo, afirmó Rosario con sus ojos fijos en su teléfono, habitual en sus últimos encuentros. Algo se fragmentó bajo sus costillas, envejeció algunos años en unos segundos, escondió sus palabras en el viejo baúl de los recuerdos, y se olvidó del tema. El no buscaba verdades, quería un poco de calor para su afligida alma. Sin embargo, esa noche estaba escrito que otra historia pronto terminaría. Supo entender la prisa cuando ella fingió ese viejo dolor de cabeza y se retiró de lo que pretendía ser una larga fiesta. No estaba dispuesta a seguir el tonto juego de apagar madera consumida en fuego. Se desplomaron las fichas protagonistas del efecto dominó, la cena quedó servida, y la casa volvió a quedar vacía. Los amigos habían desaparecido al tornarse en gris la música en el reproductor. El desamor no era materia en discusión. Ya no pactaron con palabras mágicas. El desastre continuó. Se echaron a fluir sin dirección. El quehacer de cada día los separó hasta que se dejaron de buscar.

Quizás algún día cambiará su suerte.


Desesperanza

En la frontera de la cordura y la perdición, pasa otro día hundido en el sofá, con una mano que juega con los botones del control de la televisión, y la otra sosteniendo el celular, esperando un mensaje o una llamada que lo saque de ese sitio al que la mayoría de las veces llama hogar.

No hay cortinas que detengan el sol, se siente desnudo, observado por alguien al que no le importa si naufraga con las voces en su cabeza. Esta solo. Totalmente solo. Las cicatrices en la pared son engaños de Dios.

Las manchas en el sofá, el polvo en los libreros, las flores marchitas en la mesa de centro. Vestigios de una vida que se terminó. Podría desaparecer en el aire, quién lo habría de notar.

La música es un bálsamo para las almas que dejaron de soñar. Es mejor no estar atado a nadie, se confiesa antes de disparar: la calle puede llevar a tantos lugares. Quizás solo sea el inicio de un naufragio. Esta vez sin testigos.

Un segundo o dos.

Y ella se sentó en la mesa de centro, en la sala de casa
Con sus remera y su uniforme de enfermera…
Se dibujó un triángulo perfecto desde el eje entre las comisuras de su pantalón.
Cada punto de costura como un poro de atento seductor.

Ese aroma en el aire que provoca un poema o una canción.
Apenas un segundo o dos que la mirada se desvió.
Revivió recuerdos, atormentó, despertó el deseo.
Un viaje sin detenernos en el tiempo.

Y se fue un día entero en un segundo o dos.
Un pacto entre la madera y tela y dios nuestro creador, el universo o la evolución.

#chicacosmica