Conjuro

Mi alma fue vendida a una luna crepuscular, esa imagen particular con luz que ciega la mirada, noche blanca que busca retener la gloria del contratiempo en sus ojos.

Un calor suicida se desplaza con la memoria de su fragancia, la sangre tiñe de humo lo que quema, arrastra el hollín de mis venas, da muerte y arrebata evidencia difusa.

La casa del recuerdo se ha vuelto entre telarañas lo habitual, tocar su piel es una obsesión malograda, inunda de dudas la realidad, espera lo peor cuando inicia el fuego de la hoguera.

Le han quitado las manecillas al reloj, mi sombra se extravió en el espejismo del tiempo al buscar perfumes de mujer, ahora cuesta tratar a la flor con indiferencia.

Sé que nunca te vera igual que un barco encallado en la orilla de la verdad, en ruegos, o con el ruido de un cementerio en lucha por la libertad.

La pesadilla puede durar lo que el vacío de la ausencia, es un desafío en el jardín de las rosas.

Quizás sea solo muerte cerebral las migajas de nostalgia, algún conjuro de chaman para el fin del mundo, condenado a recordar.

El umbral del olvido.

Cuando nos cortaron las alas no fue suficiente salir a la calle y correr desnudos bajo la lluvia, o chapotear en los charcos de lodo y aceite, necesitaba volar, con el aire rompiéndose en dos en la cara, con manchas de jazmín y olivo en las mejillas, y el frío ante la posibilidad de ser descubiertos por los regentes de un país sin glorias.

Los recuerdos de libertad son lo único que quedó después que el fuego se tragó las películas que antes nos hacían reír sin parar, no tuvo piedad, ahora son cenizas que se esparcirán al abrir la puerta. En los rincones sellaran su olvido, la humedad los consumirá asesinados a sangre fría por el moho y la polilla. Olvidaremos con el tiempo de que color era la habitación donde jugábamos al ajedrez, aunque llegue puntual a la puesta de sol, y vea las palomas ir tras el horizonte. Se perderán las cartas con el mensajero que murió de amor en el malecón de una playa olvidada entre sus piernas.

Maldita sea la risa que te di, dejó mis bolsillos vacíos, y una pena constante que llora colgada de un madero. La sed que tengo no es de tus besos, es de tu piel de polvo lunar que provoca un crujir de madera en mi boca. No toqué a la puerta al menos que tu boca fuera la miel que bajaba de tu entrepierna, y así con las alas extendidas supe volar, como un explorador encontré la verdadera libertad.

El reloj no detendrá su marcha, quebrara los huesos de quien se interponga así corra sangre nueva en sus venas. No hay perdón para los que buscan la tierra como hogar, serán arrastrados al umbral de un infierno al que dios no tiene acceso.

Danzante

El rugir de la fiera hoy es sólo un murmullo
leyenda urbana de que un día existió
cuento de horror que contará el abuelo
personaje para muchos de ficción.

Jamás sentí miedo estar frente a sus ojos
el demonio en su brillo causaban excitación
un desafío a la conciencia
tormenta de ideas en la cabeza.

Su persona era imponente
el silencio nacía cuando cruzaba el umbral
el vaiven húmedo en la habitación
forjaba gemidos y expectación.

Se disipó con el humo del cigarrillo
se hizo danzante de ritos prehispánicos
rémora de lo que alguna vez fue
despojo de aquel Mr. Hyde encantador.

Yo lo vi, se que fue real, aunque sólo quede de él una estela en el aire, infinita.

Perro gris

La natural reminiscencia
de un perro gris liberado
ya no pudo elegir
si la correa o si el viento

Hubo confusión en su olfato
perfume de mujer, carne y sangre
cuando enterró el colmillo
el final llegó

lo azotaron hasta perder la fuerza
se escuchó el último ladrido
un eco que se quedo en la pared
la rebelión se consumó.

Herido vaga por las noches
busca en las alcantarillas
la placa con su  nombre
la dirección del aire.

La última estación

El reloj no marca la hora para decir adiós
me aferro con uñas y dientes
en el sillón almendra de la estación.

Veo correr sin miedo
a los hijos de mis nietos
a pesar de solo imaginar sus risas,
la canción hace rato que terminó.

En sus ojos hay arrugas de mi reflejo,
un viejo soy,
cuando sus manos tocan las mías
es una bendición.

ya mi cabello se pintó de luz,
ya la mente me juega en desvaríos,
es la triste decadencia que me alcanza.

El día que la cabeza me traicionó,
vomité sangre que en otros tiempos
se aventuró en viajes de polizón.

No me faltó pan al apostar
en una mesa de cartas o de dominó
diferente suerte me dio el béisbol
solo un par de glorias sin emoción.

No quiero comer papillas
no quiero más medicinas
quiero el amor en un beso en la mejilla
y una sonrisa agradecida
de quién le di la vida
quién me cuida hasta el fin.

No te vayas nunca abuelo.

El paraiso en un instante.

Acerté a la diana esa noche frugal,
noche templada
que fue consagrada,
mientras los niños jugaban en el jardín.
Todo era jolgorio risas y juegos,
en lo alto silenciosa y brillante
la luna estaba ahí,
mientras se tumbaba desfallecida.
En el callejón solo los ecos llegaban
mis palabras disfrazaron el lenguaje
mientras con mis manos
tendían de savia y alivio las redes del pecado.
Por su cuello desnudo y pueril
mis dedos empezaron a dibujar su silueta
descendiendo por sus brazos delicados
y entre la disyuntiva entre detenerme o seguir…
Gano mi corazón aventurero
sus caderas se estremecieron
mientras descendían sus braguitas de algodón
ahí a una distancia no muy lejana
el himen de lo prohibido se desprendía
mientras dos ojos verdes
juzgaban sin decir más
mientras bajaba el telón de sus caderas
silencio
ni un murmullo
ningún no como reclamo entrecortado
y le bese mientras mis dedos se hundían
en la humedad de entre sus muslos
sentí su respiración balbuciante
mientras bebia de su agridulce y suave licor
la luna nos miro desde lo alto
y vi su rostro terso y rojizo,
delirante,
abierta como orquídea susurrante.
Deseosa de conocer más
el paraíso en un instante.

María

Solo algunos días para el fin del mundo, y jamás te conocí. Te veía en mis sueños a lo lejos, algunas veces de perfil, sonreías de las pequeñeces de la vida, invadida por una luz angelical, suspendida como una estrella en el universo. Nunca me encontré con tus ojos, aunque me podía perder una noche entera bajo tu blusa, escurriéndome como una gota de agua perdido entre tus caderas. Otras veces vi solo tu espalda descubierta, donde alguna vez tuviste alas, con tu cabellera negra ondulándose con el viento que me despertaba.

Apenas tocaba tu piel con la punta de mis dedos y te desvanecías, teletransportada al país de los imposibles. Te volvía a buscar despierto, unos segundos antes de recobrar el juicio, aprovechando cada oportunidad que me daba el tiempo. Con el paso de los años fue más difícil encontrarte, la vida y sus ocupaciones se hicieron cargo y no dejaste ni una nota, ninguna dirección para ir en tu búsqueda.

A veces por la noche, cuando estoy solo pienso en ti. Intento dormir y me decepciono cuando no logro traerte de regreso, aun gritando los cientos de nombres que te di. Tengo que conformarme con apenas esos susurros bajo el manto negro de la noche, esperando respondas detrás de la puerta, donde todo suele suceder; o te hospedes en la casa de al lado, para irte a buscar a medianoche por el balcón, y meterme una vez más a tu cama, esperando que esta vez no despierte y no te esfumes como bocanada de este dios que me castiga.

¿Estás preparado?

Llevo los bolsillos cargados de monedas para el intercambio de besos en las madrugadas de luna llena, los labios partidos del dolor que causa una espina en la lengua. Llevo caricias prohibidas en cada recuerdo, el olor impregnado en mis dedos de buqué divino. Llevo el corazón al límite del infierno, a punto de entrar en ebullición, con lagrimas de fuego, y después de maldecir a dios, adiós, muero.

Necesito agua, agua para este vacío en el pecho que me lleva al confín de la locura, perdido entre tinieblas, entre las muchas promesas que hice estando ebrio. Necesito respirar algo más que no sean bocanadas acre y estiércol, animales muertos en la cloaca bajo mis pies, con los ojos vivos que me observan sin parpadear. Necesito la palabra que no se esconda abatida por el miedo, una espada para adornar con flores el desierto.

Quiero ver llover, en esta ciudad del pecado que he creado, quiero el caos en las calles y que estruendosos sean los ecos de los truenos en mi cabeza. Quiero robar besos que no sepan a nicotina, ni a los vestigios que quedan entre los dientes al engullir mentiras.

El fin del mundo está cerca. ¿Estás preparado para dejarte guiar arrastrado por la indiferencia?