Algarabía

La casa de Erika está semivacía, no hay muebles, ni tele, ni cuadros en las paredes. La alacena recién hecha solo guarda polvo y un olor a nuevo de bienvenida. El refrigerador esta vacío, y aun no instalan el servicio eléctrico. El piso es frío, de loseta, con su pequeña alfombra de colores para darle alegría. Afuera un colibrí acecha buscando néctar en el jardín, revolotea.

Toco la puerta, y una voz a lo lejos me invita a pasar. En el suelo el tinto contrasta con el blanco puro en la pared del pasillo, y dos copas transparentes como el rocío de primavera me hacen una mueca, quizás presagiando un buen final, en mis sueños, con ese par de velas encendidas haciendo una frontera entre el olvido y la vida.

La plática inicia un poco tensa. Hace tiempo dejamos de vernos y aunque hay tanto para hablar, limitamos nuestra conversación a vagos recuerdos, experiencias recientes, y algunas bromas sin sentido. Quizás es solo para romper el hielo. No dejo de observarla de reojo, son algunos años que no supe de ella y aun se ve igual.

Sus mejillas van tomando color, un tenue rojo entrando en calor. Su perfume sigue siendo el mismo, un aroma suave a naranja que inunda el recinto, me recuerda cuando la conocí, hablábamos de tantas cosas y a la vez de nada, terminábamos riendo a carcajadas. Los últimos rayos de sol se cuelan entre las cortinas, la noche empieza a convertirnos en sus víctimas.

Tres cuartos de botella después, nuestras ojos se encuentran dando fin a tanta agonía. Disimuladamente acaricio el dorso de su mano hacia la muñeca, lentamente bajando hasta el dedo medio, del pulgar al meñique en una especie de cruz, orando por los caídos, los que no pudieron llegar.

Todo está dicho cuando veo sus dientes asomarse encima de su labio inferior, una ligera mordida que enciende mi agitación. Contengo mis deseos, me acerco suavemente a esos labios que siempre soñé, los beso con paciencia, como si no hubiera mañana ni ayer. Me lleva de la mano hasta su recamara, sin documentos estoy del lado de la vida, nos desnudamos, sin pensar, como olas en el mar.

Afuera es todo algarabía, nuestros amigos acaban de llegar. Dejamos todo en silencio, la cama muda, conteniendo la respiración. Una gota de sudor cae al suelo, con tremendo estruendo, sobresaltados, decidimos esperar. En la oscuridad se dibuja una sonrisa traviesa, y en un murmullo en mi oído me dice -benditos sean los malditos que no dejan dormir, y que siempre regresan.

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