A ese Señor.

Le conocí en un estado
quizás no muy conveniente,
llego por la espalda
pero espero a que volteara
entregándome la mano, se presento,
Javier López.
Sonó con enérgica voz
y porte de señor.

Le extendí mi mano firme
sin bajarle la mirada,
sin temor le di mi nombre
y no me mostré altanero,
apretó mi mano con rostro serio
y en ese mismo rato
su sonrisa me regalo.

Supongo que habrá pensado
a este gavilancillo lo desplumo yo,
o así nadie se atrevería
a lastimar las virtudes de su hijita la mayor.

Mientras, yo le tome respeto,
aun en sus tiempos de angustia
nunca le desprecie,
es un hombre de esos de antes
que ante la crisis
siempre sabe responder.

Me recuerda a mi viejo
puede sufrir un rato
más nunca se dejara perder,
quizás por eso cuando se conocieron
se cayeron bien.

Las veces que no hemos visto
siempre su mano estreche,
es un buen hombre
habrá tenido sus errores
sin embrago, los ha sabido reponer.

Caminando por la casa de Dios
en una fotografía entero le mire,
días después me di cuenta
que su salud no era muy buena
pero que todo había salido muy bien.

Hoy desde mi autoexilio
a Dios le pido por su bien,
se que sigue siendo fuerte
y una afección no le hará caer.
Desde acá mi mano franca
siempre le extenderé.

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