Te propongo.

Te propongo vernos el martes a las siete,
el sitio tú ya lo conoces,
esta vez nadie hará reproches
en el anonimato de la noche
dejaremos los corazones en el coche
y al subir las escaleras;
detrás de esa puerta
lo impúdico saldrá a flote.
Nadie controlara las amarras
si tu cabeza reposa en la cama;
y en el juego de las sabanas
tú y yo,
quizás alguien más afinando la occasion.
Sin engaños, ni promesas,
solos compartiendo las proezas
que de noche se envuelven en pasión.

Réquiem por un cadáver exquisito.

Es tiempo de callar
de bajar las cortinas, de soñar
dejar el barco con pesar
por exceso de adrenalina
es dinamita sin explotar.

Fue lindo zarpar
a media noche en luna llena
un viaje sin historias que ocultar
los naufragios nadie los podrá borrar
quedan para la posteridad.

Su cuerpo no puede más
fue demasiado el peso en soledad
el navío tiene que palpitar
el capitán se queda, pero se va
quizás una máscara encuentre allá atrás.

Esta noche se despide, sin mariachi, sin redoble de tambores,
con el orgullo intacto, pero el corazón deshecho
hoy pierde, para mañana ganar.

Gracias a todos los que me siguieron en este recorrido, que me conocieron a través de las letras que intento dibujar. El sabor en mi paladar es amargo y no lo puedo vomitar, y así, no se continuar. Es tiempo de callar al cadáver exquisito.

Disfrútenlo.

Miércoles 10pm

No entiendes la pasión que dinamita este corazón, no entiendes la magia que inspira cada mañana tu caricia, no entiendes que te encontré donde no quería, y te lleve como mi amiga, en un baile de salón.

Sé que dispare a perder, pero siempre me convenciste de que iba bien. Ahora es demasiado tarde, tu cabeza aspiro el polvo de la libertad, y los nuevos sonidos en tus oídos fueron tu salvación.
Te toca buscar tu propio ángel.

Dejaste de buscar en mi ataúd las piezas del rompecabezas, gozaste al saberme cabizbajo recordando que una vez estuviste igual.

Sonríe con ganas, mañana será un gran día, podrás brindar por mi partida. Te alegraras de dejar el drama para otro día. Tendrás el camino para nuevas fantasías, la ruta a la sabiduría.

La fiebre me alcanzó.

La confesión

Entretanto Rosario, con el corazón hecho pedazos, sin poder llorar, sin poder tener calma ni sosiego, traspasada por el frío acero de un dolor inmenso, con la mente pasando en veloz carrera del mundo a Dios y de Dios al mundo, aturdida y medio loca, estaba a altas horas de la noche en su cuarto, puesta de hinojos, cruzadas las manos, con los pies desnudos sobre el suelo, la ardiente sien apoyada en el borde del lecho, a oscuras, a solas, en silencio.

Cuidaba de no hacer el menor ruido, para no llamar la atención de su mamá, que dormía o aparentaba dormir en la habitación inmediata. Elevó al cielo su exaltado pensamiento en esta forma:
—Señor, Dios mío, ¿por qué antes no sabía mentir, y ahora sé? ¿Por qué antes no sabía disimular y ahora disimulo? ¿Soy una mujer infame?… Esto que siento y que a mí me pasa es la caída de las que no vuelven a levantarse… ¿He dejado de ser buena y honrada?… Yo no me conozco. ¿Soy yo misma o es otra la que está en este sitio?… ¡Qué de terribles cosas en tan pocos días! ¡Cuántas sensaciones diversas! ¡Mi corazón está consumido de tanto sentir!… Señor, Dios mío, ¿oyes mi voz, o estoy condenada a rezar eternamente sin ser oída?… Yo soy buena, nadie me convencerá de que no soy buena. Amar, amar muchísimo, ¿es acaso maldad?… Pero no… esto es una ilusión, un engaño. Soy más mala que las peores mujeres de la tierra. Dentro de mí una gran culebra me muerde y me envenena el corazón… ¿Qué es esto que siento? ¿Por qué no me matas, Dios mío? ¿Por qué no me hundes para siempre en el infierno?… Es espantoso, pero lo confieso, lo confieso a solas a Dios, que me oye, y lo confesaré ante el sacerdote. Aborrezco a mi madre. ¿En qué consiste esto? No puedo explicármelo. Él no me ha dicho una palabra en contra de mi madre. Yo no sé cómo ha venido esto… ¡Qué mala soy! Los demonios se han apoderado de mí. Señor, ven en mi auxilio, porque no puedo con mis propias fuerzas vencerme… Un impulso terrible me arroja de esta casa. Quiero huir, quiero correr fuera de aquí. Si él no me lleva, me iré tras él arrastrándome por los caminos… ¿Qué divina alegría es esta que dentro de mi pecho se confunde con tan amarga pena?… Señor, Dios y padre mío, ilumíname. Quiero amar tan sólo. Yo no nací para este rencor que me está devorando. Yo no nací para disimular, ni para mentir, ni para engañar. Mañana saldré a la calle, gritaré en medio de ella, y a todo el que pase le diré: amo, aborrezco… Mi corazón se desahogará de esta manera… ¡Qué dicha sería poder conciliarlo todo, amar y respetar a todo el mundo! La Virgen Santísima me favorezca… Otra vez la idea terrible. No lo quiero pensar, y lo pienso. No lo quiero sentir, y lo siento. ¡Ah!, no puedo engañarme sobre este particular. No puedo ni destruirlo ni atenuarlo… pero puedo confesarlo y lo confieso, diciéndote: Señor, que aborrezco a mi madre.

Al fin se aletargó. En su inseguro sueño la imaginación le reproducía todo lo que había hecho aquella noche, desfigurándolo sin alterarlo en su esencia. Oía el reloj de la catedral dando las nueve; veía con júbilo a la criada anciana durmiendo con beatífico sueño, y salía del cuarto muy despacito para no hacer ruido; bajaba la escalera tan suavemente, que no movía un pie hasta no estar segura de poder evitar el más ligero ruido. Salía a la huerta, dando una vuelta por el cuarto de las criadas y la cocina; en la huerta deteníase un momento para mirar al cielo, que estaba tachonado de estrellas. El viento callaba. Ningún ruido interrumpía el hondo sosiego de la noche. Parecía existir en ella una atención fija y silenciosa, propia de ojos que miran sin pestañear y oídos que acechan en la expectativa de un gran suceso… La noche observaba.

Acercábase después a la puerta-vidriera del comedor, y miraba con cautela a cierta distancia, temiendo que la vieran los de dentro. A la luz de la lámpara del comedor veía a su madre de espaldas. El Penitenciario estaba a la derecha y su perfil se descomponía de un modo extraño; crecíale la nariz, asemejándose al pico de un ave inverosímil, y toda su figura se tornaba en una recortada sombra negra y espesa, con ángulos aquí y allí, irrisoria, escueta y delgada. Enfrente estaba Caballuco, más semejante a un dragón que a un hombre. Rosario veía sus ojos verdes, como dos grandes linternas de convexos cristales. Aquel fulgor y la imponente figura del animal le infundían miedo. El tío Licurgo y los otros tres se le presentaban como figuritas grotescas. Ella había visto en alguna parte, sin duda en los muñecos de barro de las ferias, aquel reír estúpido, aquellos semblantes toscos y aquel mirar lelo. El dragón agitaba sus brazos; que en vez de accionar, daban vueltas como aspas de molino, y revolvía los globos verdes, tan semejantes a los fanales de una farmacia, de un lado para otro. Su mirar cegaba… La conversación parecía interesante. El Penitenciario agitaba las alas. Era una presumida avecilla que quería volar y no podía. Su pico se alargaba y se retorcía. Erizábansele las plumas con síntomas de furor, y después, recogiéndose y aplacándose, escondía la pelada cabeza bajo el ala. Luego, las figurillas de barro se agitaban queriendo ser personas, y Frasquito González se empeñaba en pasar por hombre.

Rosario sentía pavor inexplicable en presencia de aquel amistoso concurso. Alejábase de la vidriera y seguía adelante paso a paso, mirando a todos lados por si era observada. Sin ver a nadie, creía que un millón de ojos se fijaban en ella… Pero sus temores y su vergüenza disipábanse de improviso. En la ventana del cuarto donde habitaba el señor Pinzón aparecía un hombre azul; brillaban en su cuerpo los botones como sartas de lucecillas. Ella se acercaba. En el mismo instante sentía que unos brazos con galones la suspendían como una pluma, metiéndola con rápido movimiento dentro de la pieza. Todo cambiaba. De súbito, sonó un estampido, un golpe seco que estremeció la casa en sus cimientos. Ni uno ni otro supieron la causa de tal estrépito. Temblaban y callaban.

Era el momento en que el dragón había roto la mesa del comedor.
Benito Pérez Galdós.

Nueva vida

Nueva vida surgirá donde brillan solas las estrellas
Nuevos soles nacerán en años luz del tiempo que nos queda
Nuevas formas nuevos ritos
Nuevos sueños y misterios
Nuevos seres que se acoplen pese al frío sideral
Y mientras tanto tu y yo nos perdemos aquí

Vida, Tiempo, Días Sin ti
Cuantas vueltas más dará
este mundo entorno al sol
esperando que el azar
nos junte a los dos.